Era un pueblo tranquilo, con casas bajas y techos de chapa. La gente caminaba por la calle para ver lo que había pasado en una esquina, donde estaban los policías. Todo el pequeño poblado estaba allí. Excepto dos personas... Dos personas que estaban fuera del mundo. Tenían un mundo aparte, donde solo estaban ellos dos y ese campo, ese campo tan verde y perfecto... Los dos estaban acostados en el pasto, mirando al cielo. Un cielo con una luna completamente redonda, rodeada de miles de estrellas, tan grande que parecía estar a solo metros de ellos, y tan brillante que iluminaba la cara de los dos jóvenes enamorados observando el cielo como si fuera la primera vez que lo habían visto en sus vidas.
Las manos de ellos estaban muy cerca, casi rozándose. Un roce que parecía lo más suave que podrían llegar a sentir. Estaban en silencio, pero no un silencio incomodo, sino un silencio que cualquiera hubiese querido tener. Ese silencio decía más de lo que podían decir con palabras. Ambos se amaban profundamente, sentían imposible vivir el uno sin el otro, y aunque ese amor era imposible y ninguno de sus padres lo aprobaría, los dos sabían (aunque ninguno lo dijo) que estaban allí, juntos, para enfrentar cualquier cosa que se interponga con su amor.
Ambos morían por sentir los labios del otro en su boca, por abrazarlo y quedarse juntos por el resto de su vida. Pero ese silencio decía todo lo que ellos pensaban, y más.
Él, un chico atípico, de estatura mediana, pelo negro, con una mirada irresistible y una sonrisa peligrosamente atractiva.
Ella, medía casi lo mismo que su compañero, vestía con un vestido negro, que resaltaba el blanco de su piel, Con ojos en forma de almendra y de un gris hermoso, y con una sonrisa tan intrigante y provocativa.
Los dos personajes se miraron al mismo tiempo, como si, al amarse tanto, pudieran leerse los pensamientos. Ambos sonrieron y se sentaron en el pasto, disimuladamente, cada vez uno mas cerca del otro. Sus manos estaban juntas, y jugueteaban entre ellas.
Luego de unos minutos, ella miro el reloj y dijo que debía irse, y se levanto, sin más, y empezó a caminar hacia el camino que daba a la ciudad, tan lentamente como si quisiera que por algún motivo tenga que detenerse. Cuando de golpe ese 'motivo' ocurrió. Ella sintió como una mano tan suave y fuerte a la vez tomaba su mano izquierda y la hacia detener. Si, era él. Se quedaron en silencio, inmóviles, como si se estuvieran confesando todo su amor tan solo por tener sus manos juntas. Él vaciló un momento, y la tomo de la cintura con su mano libre, y con la otra le acaricio la mejilla. Mientras que ella dejaba la mano que sostenía la de el, en el pecho de su amor, y con la otra le sujetaba el cuello, como si no quisiera alejarse jamás de él.
Cuando parecía que esa imagen iba a quedar así, inmóvil y en silencio, como una fotografía, él le susurro 'no me importa lo que tengamos que pasar, si es para estar por siempre juntos, así, abrazados'. Ella al escucharlo decir eso, sintió una felicidad incomparable, y no supe que responder más que un 'Te amo' con una mirada con tanto amor como nadie nunca vio.
Él se sonrió, parecía que era justo la respuesta que esperaba. Y se besaron como nunca habían besado a nadie, el amor que se tenían se veía en ese beso, ese abrazo, en esa escena... Se amaban, y nadie podría separarlos jamás.
Solo pensaban en ellos, en ese bosque, en la luna y en su amor mutuo... Su amor, eso era lo único que les importaba. Seguían besándose como si fuera el primer y ultimo beso, y cuando por fin se miraron a los ojos con los labios tan cerca que parecía que aún estaban besándose, prometieron que harían lo que fuese necesario por estar juntos, por siempre... Y se volvieron a besar, a sumergir en su propio mundo: En el que solo existirían ellos, y su amor, por siempre...
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